La Leyenda de la Virgen de Turrialba


La Leyenda de la Virgen de Turrialba

Fines del siglo XVI. Litoral caribeño de Costa Rica. Centroamérica.
Salvaje, batido por las espumantes olas y bordeado por exhuberantes palmeras se yergue majestuosa sobre las aguas cristalinas el litoral caribeño de Costa Rica.
Los piratas ingleses y holandeses asaltaban continuamente el lugar. Numerosas eran sus crueldades: asesinatos, robos, violaciones eran moneda común entre los filibusteros.
Corría el año 1643. El maldito corsario Mansfelt se había apoderado de la fragata “María de las Mercedes” en las inmediaciones de la isla del Caño, una embarcación que iba de Costa Rican para Panamá.
La lucha fue feroz. Don Joaquín Alva García Saavedra, en ese entonces Marqués de Talamanca y capitán del navío había defendido con gran valor su buque. La masacre fue total. una extraña niña, luego abandonada en las arenas negras de punta Cahuita fue la única sobreviviente de la violencia. Una familia de hidalgos recogió en su seno a la menor. Quiso el destino que fuera bautizada con el nombre de María de las Mercedes.
El gobernador don Juan López de la Flor, siguiendo las directivas de Felipe II, preocupado por los ataques de los bucaneros a sus posesiones en el Caribe, vengaba las afrentas recibidas en los prisioneros protestantes capturados durante las sangrientas batallas.
Jamaica, perla de las Antillas, fue arrebatada por un heteróclito grupo de aventureros franceses, ingleses y holandeses de las manos del monarca español. Junto con Haití constituían un molesto binomio de puertos enemigos para los pacíficos habitantes de Centroamérica.
Los progenitores de María de las Mercedes, cansados del peligro, resolvieron trasladarse hasta Turrialba. La antes niña, ya adolescente, era una devota joven, muy religiosa. DEsde hacía tiempo había hecho el voto de dedicarle un culto particular a Nuestra Señora de la Concepción. todas las mañanas, puntualmente le ofrecía una orquídea especial. Jamás faltaba a la misa de las ocho.
La madrugada del 14 de abril de 1666 fue muy agitada. En el Portete, cerca de Limón, desembarcaron dieciseis barcos con alrededor de setecientos ingleses y franceses al mando del pirata Mansfelt y su teniente Morgan. El objetivo de los extraños era apoderarse de Costa Rica para poder abrirse paso hacia el Pacífico y así atacar las riquezas del Perú.
Don Juan López de la Flor marchó con un nutrido grupo de españoles e indios hasta el paso de Quebrada Honca en las proximidades de la localidad de Juan Viñas. Las tropas se atrincheraron a la espera de los invasores. Esa misma noche escuchó María de las Mercedes una voz secreta que la invitaba a ir a los oficios matinales. Pensando que se había quedado dormida salió a toda prisa. Llegó a los portones de la iglesia que estaba abierta. Entró y se encontró con un párroco desconocido. Le pidió que dijese una misa en nombre de la Virgen, rogando por la protección del país. Como no tenía dinero se quitó su anillo derramando lágrimas por no haber tenido tiempo de buscar la orquídea que diariamente ofrendaba en el altar.
El religioso encendió los cirios. Extasiada, María de las Mercedes miraba como la cera blanca iba transmutando su color a un verde puro, bañado por gotas de sangre.
De repente, cuando el ite missa est la hizo recuperar la normalidad el sonido de las campanas que indicaban que todavía era de noche. Sin entender mucho, regresó cansada al hogar. A media mañana volvió al templo. Una muchedumbre recibía a los soldados. Sorprendida, relató el suceso a los habitantes. Los guerreros contaban como los piratas habían huído despavoridos al ver la imagen de la Virgen vestida con un manto verde llorando lágrimas rojas.



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